Medir el tiempo


Existe un interés creciente por los relojes tanto en el hombre como en la mujer. En principio, los expertos en sociología explican que es un afán de ostentación del ser humano, ya que es una joya para lucimiento propio. Esto sería más o menos cierto si no fuera porque la tendencia hacia la relojería se encuentra en todos los tipos sociales que configuran la sociedad actual. Dependiendo de los propios rasgos caracterológicos el individuo se decidirá por relojes de tipo deportivo, o clásicos y elegantes, o taxímetros de la exactitud como los cronógrafos. Por lo tanto, hay algo más que la exhibición de una prenda, y es la misión por la que dicha prenda se confecciona, que es medir el tiempo.
Aristóteles explica en Física que el tiempo es la medida del movimiento. Para el hombre de la vida moderna la medida del tiempo como movimiento se convierte en una posesión, en un tener o no tener tiempo. El tiempo se tiene o no se tiene, como una propiedad material del que se puede hacer uso y se gasta. Pero lo más curioso es que creyendo medirlo y poseerlo nadie tiene tiempo para nada. Siempre se espera el momento oportuno para proceder en lo que se pretende y es bastante raro que las cosas se realicen a su debido tiempo. La idea de tener o no tener tiempo es el modo en que Heidegger lo divide: tiempo auténtico y tiempo inauténtico.
Heidegger analiza la autenticidad o no autenticidad de la vida cotidiana en su conferencia El concepto de tiempo a través de la perspectiva de mirar el reloj, como un modo determinado de presentarnos la realidad de la existencia. Cuando uno mira el reloj para ver la hora se advierte un número fijo. Este número es la lectura del instante, del “ahora”, que para Heidegger es un ahora que cambia cada vez que se echa un nuevo vistazo a la esfera. Entonces la mirada repetida al reloj se percibe como una sucesión de instantes infinitos. Esta idea es la del tiempo inauténtico, donde el ser humano no comprende que su ser es la finitud, es decir, que tarde o temprano su propia vida contiene un final. Para Heidegger, el ser humano que se encuentra en el tiempo inauténtico no tiene tiempo para nada, porque no distingue el sentido de la finitud, que es la posibilidad constante de poder morir en cada instante. Su existencia es una creencia en la sucesión de instantes infinitos, que no cesarán nunca, porque no acepta el compromiso con la muerte como término. Según Heidegger la existencia o tiempo auténtico es advertir que uno puede morir y que su vida tiene un final. En realidad la existencia inauténtica de Heidegger es el sentido cristiano de pensar la esencia de lo humano individual como inmortal, una creencia difícil de aceptar en el presente donde prevalece la materialidad de lo científico. Por otra parte, la idea de entender la autenticidad del tiempo a través de la angustia que produce la posibilidad de morir es bastante sombría.
Ahora bien, el problema se halla en que mirando el reloj se concibe el instante pero no como tiempo (que es el movimiento medido), sino como una detención del movimiento. Por eso, Aristóteles dice que el instante no puede ser entendido como tiempo, aunque sea un número matemático. Es decir, la mirada rápida del instante cada vez que echamos un vistazo a nuestro reloj, estamos fuera del tiempo como medida del movimiento lineal. El instante es como un vagón que se mueve constantemente por la vía de un tren, pero siempre en el mismo vehículo. En realidad, lo que sucede con la lectura del reloj no es una sucesión de instantes sino una imbricación de momentos, como detenciones y continuidades, que es el carácter de nuestra existencia. En lugar de un vagón que circula por una vía, que es el tiempo lineal, la lectura temporal de la existencia es la de un tejado que se va formando por la superposición de tejas diferentes. O si comprendemos la circularidad del concepto del tiempo griego, cada ahora sería un círculo, un ciclo. Así, el momento contiene una duración, que lo enunciamos con frases como “es el momento de hacer esto”, “espera un momento” o “disfruta el momento”, y es del significado de estas expresiones de lo que se construye una vida. De esa forma, la vida es una memoria de momentos concatenados, superpuestos y cíclicos. En realidad, no tener tiempo es vivir la vida en el pasado por los recuerdos o en la incertidumbre de lo que depararán los acontecimientos futuros, pero no con ambas situaciones, que es el concepto del tiempo extático, detención por la memoria visual y acción (para Aristóteles la acción pura como acto no era contingente).
Decimos que cada cosa tiene su momento, y que cada momento su tiempo, donde se comprende el sentido dialéctico del tiempo limitado y eterno. Limitado por la detención como memoria y eterno porque siempre existe una actividad continúa en el ser humano. El instante es neutro pero el momento es activo, conteniendo en sí mismo una duración. Entonces, dispondremos de tiempo como momentos para hacer y deshacer con nuestras acciones lo que nos parezca, componiendo una memoria activa (eso es el extático como unidad estructural detención y movimiento). Así, la existencia del ser humano se trasforma en una superposición de momentos históricos singulares y globales, que es el tiempo. Esto se estima más “auténtico” que la desazón producida por el sentido de la existencia propuesto por Heidegger.
En la actualidad se recibe constantes testimonios sobre la insignificancia de la vida. En los sucesos cotidianos que nos presentan los medios, se percibe el riesgo de que nuestro tiempo particular concluya en cada minuto. Por eso, se vive el momento global dialécticamente como detención y continuidad, siendo esta manera de vivir la vida la que nos ocupa. Detención porque nos apercibimos y lamentamos de los hechos tan luctuosos que se divulgan, la memoria histórica. Continuos porque no nos queda mas remedio que seguir con nuestra presencia activa. Y así lo entendía Marco Aurelio en sus Meditaciones cuando decía “¿Qué pequeña parte de tiempo ilimitado y abismal se ha asignado a cada uno? Pues rápidamente se desvanece en la eternidad. ¿Y en qué pequeña parte del conjunto de la sustancia, y qué ínfima también del conjunto del alma? ¿Y en qué diminuto terrón del conjunto de la tierra te arrastras? Considera todas esas cosas e imagina que nada es importante, sino actuar como tu naturaleza indica y experimentarlo como la naturaleza común conlleva”.

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