Miedo en el cuerpo

Fue Parménides el único filósofo que pensó la estabilidad pura, en que el movimiento, las cosas que nos rodean no eran seres, sino opiniones y creencias de los humanos para no percibir la verdadera esencia, el ser necesario, esférico y completo. El tiempo, el espacio, todo lo que vemos no era más que la expresión del lenguaje que se pensaba, es decir, que el ser era el pensamiento puro, fuera de la determinaciones. Con ello pretendía apartar lo más temido para el hombre que era la incertidumbre de la naturaleza, sus cambios, lo pavoroso y temido del hombre de poder llegar a ser. Por eso siempre tenemos la nostalgia de lo familiar, la necesidad de que no exista el cambio, que la vida siga igual como dice la canción.

Ese miedo a poder ser, que es la capacidad de la posibilidad en el hombre se convierte en el concepto de angustia de Kierkedgaard. Es la libertad para poder elegir el futuro lo que causa en la vida individual la angustia. La angustia dice Kierkedgaard no es por la desgracia de un tiempo ya pasado, sino en cuanto pueda repetirse  y hacerse futuro. Se vive en la angustia no por lo que se ha vivido, sino por la incertidumbre de la nada, de que algo que es una nada sea, de lo que pueda ocurrir. Por tanto, la angustia es el tiempo futuro. Para Parménides no existía ni el cambio ni el movimiento, ya que el ser solo era un pensar completo esférico, que en realidad liberaba de angustia a la gente. No existía porque no había futuro ni tiempo.

Desde Parménides el tiempo ha convivido con nosotros y por tanto la angustia de la posibilidad. No hay mejor expresión para definirla que la que explica la gente, “tener el miedo en el cuerpo”. Hoy en día cuando la vida es velocidad y cambio constante, no existe ningún tipo de estabilidad. Soñamos con la fijeza de nuestras costumbres, de nuestro entorno, de nuestra familia, pero ya ni eso se mantiene estable. Estable proviene del latín stare como verbo de existencia que significa estar de pie firmemente parado. La angustia y el miedo al futuro o a lo inestable, es parte consustancial de nuestro ser y de nuestro cuerpo. Ese miedo como un estado de alerta y de angustia constante lo llamamos estrés.

Desde que nacemos somos cambio y velocidad. Se necesitan tres años para que un niño madure sus vínculos afectivos con su madre y por tanto con los demás. La autoestima de un infante comienza con las relaciones del pecho materno dice Melanie Klein. Si un bebé actual alcanza a los tres meses de ubre, puede estar contento con esa pequeña dosis de carácter que le han dispensado. Si el vínculo ya no se puede establecer firmemente desde tan corta edad para ser efectivo sino variable, dice A. Lowen que la labilidad afectiva que existe en las generaciones actuales son propensas por ese motivo a la depresión. Se vive en la angustia crónica y ello se vive en el cuerpo irremediablemente.

Tener el miedo en el cuerpo es “ir con la lengua afuera”, otra gran frase de la filosofía de la gente. El estado de alerta del cuerpo es vivir en la incertidumbre de lo que acontezca en el futuro, “huyendo hacia adelante”. Es fácil observar como la mayoría manifiesta ese miedo en el cuerpo con una respiración ansiosa, diafragmática y entrecortada. El yo corporal, que es donde se manifiesta la dimensión temporal de nuestro propio tiempo, vive la nada del futuro, ya que para que el futuro sea tiempo, se tiene que convertir en pasado, vivirlo en presente y recordarlo en pasado, pero no vivir el futuro por la desgracia de un hecho pasado. El yo corporal asume una arqueología de respiración y contracción por el recuerdo de un hecho luctuoso de nuestro tiempo pasado, que permanece activo como esa angustia a la posibilidad de ser. Por ello, en estos tiempos de la velocidad, no es que exista una anamorfosis como diría Virilio, sino lo que se vive es el nihilismo atemporal, existe la nada sin tiempo, ya que el futuro es el no ser del individuo sin llegar a ser.

Es la sociedad del miedo en el cuerpo, del susto perpetuo, que se ve en la mirada esquiva, el jadeo crónico, los cuerpos contraídos, los vientres dilatados, la cabeza gacha y el lenguaje unas veces temeroso otras violento, que intenta ocultar el pavor perpetuo de lo que está por venir, la posibilidad de poder ser nosotros mismos, ser propietarios de nuestro tiempo, pasado, presente y futuro. Por eso dice Lowen que en los tiempos actuales hay una epidemia de depresión. Antes la estabilidad, el estar firme lo proporcionaba el pensar, después vinieron las ideas platónicas, la tradición, la religión, los ideales, pero lo que firmemente apoyaba el estar-estable, el estar firme existencial era la familia. Hoy en día hasta ese castillo de seguridad se ha derrumbado. Era el refugio contra la incertidumbre que acechaba a la existencia solitaria. Ya solamente permanece la fortaleza interior del adentro, del yo propio corporal, aunque es la primera vez que en occidente podemos oírnos y escucharnos a nosotros mismos antes que al Otro. Por eso hay que escuchar al cuerpo para encontrar el tiempo propio. (No sé por qué siempre acabo escribiendo posts un tanto mesiánicos, como un gurú del tiempo)

Un saludo desde la Hora Española

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