El alma de las cosas es el tiempo


Tiempo perdido, tiempo recobrado

Según Mauss, todas las culturas y tribus del mundo han considerado que las cosas tienen un valor espiritual o mágico, que otorga a su poseedor o familia una fuerza mágica, religiosa o espiritual. Todos estos objetos, por su valor mágico, podrían ser objetos de cambio, que llevarían implicado el espíritu de las cosas, como el hau de los maoríes, el wadium de los germánicos o el nexum de los romanos. Las cosas que se conservan adquieren ese valor residual por el pensamiento mágico, que otorgaba la prope o propiedad por la proximidad. Las cosas heredaban por vecindad, lo que se llamaba en la Edad Media la conveniencia, las características propias intrínsecas de su poseedor. De ahí el valor espiritual que contenía la cosa poseída en relación al dueño.

La esencia de las cosas, la propiedad o lo que era más propio de ellas, conseguían ser esencias espirituales por la proximidad o conveniencia con el poseedor, de ahí que el valor mágico de ellas se debía a que formaban parte de uno mismo, que en el caso de la sociedad antigua caía dentro de la familia. Por ejemplo el mancipi romano, en que todas las cosas de una hacienda pertenecían al señor por ser el paterfamilias, conteniendo eses valor mágico, que luego daba lugar al nexum en cuanto existía una transacción posterior de alguna cosa. El valor espiritual de la cosa siempre quedaba atado al primer poseedor de ella por su carácter mágico a pesar de sus diferentes transacciones como nexum.

Para Proust, los objetos eran signos que servían para aprender e interpretar, para conocer. Decía Deleuze que todo lo que nos enseña emite signos. Aprender es interpretar los signos y por tanto de los objetos materiales que nos rodean. Aprender de los objetos que nos rodean por conveniencia y proximidad, es interpretar la parte de nosotros que constituye su esencia, algo mágico espiritual, el alma de la cosa, que no es otro que el tiempo. Es el tiempo detenido contenido en ellas de nuestro pasado, las vivencias que experimentamos en su proximidad, lo que les dio la propiedad que consideramos como propia. Ellas contienen parte de nuestra memoria, de lo que somos como tiempo que está implícito en la materia de las cosas que nos convienen.

Por eso, las cosas que nos envuelven no ocupan ningún sentido material sin que expresen de un sentido esencial, que nos proporcione una alegría, un gozo de ver la cosa. El porqué de esa alegría es la búsqueda del tiempo perdido de nuestro pasado en la esencia ideal de las cosas que nos abrazan, los sentidos que nos excitan, el tacto, la vista, el oído o el gusto y el olfato, como es la famosa magdalena de Proust. La búsqueda de la verdad o de nuestra propia verdad como fundamento de nuestro proyecto es la relación esencial que entablamos con las cosas, como memoria recobrada de nuestro pasado.

Parte de nuestro pasado está en las cosas que poseemos, las cosas que son propias, a las que le hemos otorgado ese valor sentimental, afectivo, que nos proporciona una satisfacción por el recuerdo inconsciente o consciente, de aquellos momentos mágicos que vivimos una vez y que se repiten en el recuerdo, cada vez que recobramos el tiempo perdido. Por eso nos cuesta tanto desprendernos de nuestro tiempo pasado, de nuestra memoria.

Es una forma de fetichismo moderno, donde los objetos materiales contienen unos valores mágicos y sobrenaturales porque no se los comprende con un mero sentido material. Pero ese fetiche que es la cosa que nos rodea, es el recuerdo mágico que nos acompañara toda la vida, como el peluche de nuestros hijos que se aferran a este como protección a la oscuridad de lo incierto.

De ese modo, es tan difícil desprendernos de las cosas que poseemos, de nuestros fetiches temporales, ya que no en vano contienen parte de nuestra propia alma, de nuestra esencia que es el tiempo pasado a veces perdido y nunca más recobrado. Así, los antiguos creían que las cosas tenían un nexum que iba más allá del simple contenido espiritual. Llevaban el sello de la familia que los había poseído, por lo que de alguna forma u otra siempre existía un vínculo recíproco. Puede que eso es lo que sintamos cuando vemos nuestro antiguo coche circular por la ciudad y nos alegramos de que esté bien cuidado, el nexum de las cosas y su alma que es el tiempo pasado.

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