La reprogramación del reloj de la duración interna

F. Suárez, filósofo español que murió el siglo XVII, explicó antes que Heidegger y muchos otros, la relación que existía entre la duración y el tiempo. Para Suárez el tiempo era la medición de un movimiento sucesivo y continuo del ahora en orden a una cantidad, siendo el tiempo la duración del movimiento. La duración de una cosa era su existencia, desde el instante que dejaba el no ser, que era su nacimiento hasta su desaparición, que en el caso del hombre es la muerte. Las cosas que duran existen, porque perseveran en su ser. La duración podía ser extrínseca en cuanto la existencia puede ser medible en el tiempo. Las acciones o el acto de la existencia se pueden medir por el tiempo cósmico que según Suárez, coincide con el del reloj. Las acciones extrínsecas del ser tienen una duración, un tiempo de realización para ser medidas, donde el tiempo relativo del ser coincide con el tiempo absoluto de la medición del reloj cósmico. Coincide con una traslación o un periodo de ocupación, que considera a la acción un movimiento sucesivo y continuo, y por tanto, tiempo. La duración intrínseca pertenece a la acción durable del movimiento de la propia existencia, el hecho de existir que no se puede medir, ya que la acción en sí misma es inmanente a ella. Es decir, para ser, que es el existir, no influye la medición del tiempo medido, y por tanto, la duración extrínseca.

Las consecuencias de este pensamiento serían que habría una separación entre el acto de existir y el tiempo medido de ambas duraciones, y por tanto, el reloj o el tiempo solo valdría para las acciones medidas, de lo que hacemos durante el día. En realidad, dice Suárez, que la mayoría del tiempo transcurre dentro de la duración extrínseca que coincide con el tiempo medido y que las acciones del existir, como pertenecen a la esencia del ser, no se llegan a comprender porque nunca terminan hasta que no finaliza la existencia de la cosa. De ahí que fuera Heidegger quien hiciera consciente para el ser-ahí, el hombre, la existencia a través del tiempo propio.

En la actualidad hemos introyectado el tiempo de la duración extrínseca para medir incluso nuestra existencia, aquella duración de las acciones del existir de la cosa de Suárez o la temporalidad de Heidegger, de tal modo que tenemos un reloj de nuestra propia duración. Desde el momento que somos conscientes de ser o de nuestro propio yo ya somos tiempo, y por tanto, además de existir, duración intrínseca, empezamos a durar extrínsecamente. Con el movimiento sucesivo del existir, que es el tiempo, aparece una especie de reloj que mide nuestras acciones. Este reloj coincide con nuestra duración extrínseca, pero poco a poco se va convirtiendo en el de nuestra propia medición interna, que mide nuestra duración intrínseca, el reloj de la existencia. Ese reloj de la existencia no solamente mide el tiempo sucesivo y continuo, que es el presente sino también el pasado y el futuro. Esto se traduce en que nos imaginamos que a cada edad tenemos un recuerdo del tiempo detenido en las fechas de nuestras acciones y de lo que seremos en las fechas de nuestras más lejanas acciones, además de las que pertenecen al ahora.

Por ejemplo, cada vez que avanza el reloj de nuestra existencia, recordamos en mayor medida aquellas acciones concretas de fechas puntuales de nuestro pasado. En muchas ocasiones nos aferramos a ellas, como aquellos maravillosos años que vivimos en los sesenta o setenta o por lo menos nos lo parecen. El futuro se observa con incertidumbre, pero también se ha medido en nuestro reloj imaginario que marca el paso de nuestra existencia. Nos vemos con sesenta y cinco años, ansiando nuestra retirada de la vida laboral, para disfrutar los pocos años que creemos que nos depara el futuro, ya que muchos de nosotros crecimos en una época donde los ancianos tenían esa edad. Con las expectativas de vida que existe hoy en día, reflexionar que un hombre de sesenta años es un anciano, y sobre todo, que uno mismo lo piense de esa manera, no es una realidad ni extrínseca ni intrínsecamente. Si es así, implica que nuestro reloj interno de la existencia está programado de tal manera, que se adelanta en cuanto que imaginamos que nuestra existencia será más corta que en lo que realmente puede ser. Por tanto, la realidad es que si las expectativas de vida para las personas de sesenta pueden alcanzar los 90 o 100 años, ello significa que debemos de reprogramar nuestro reloj de la existencia para recapacitar que nos quedan muchos años por delante. Supone además que podemos vivir más tiempo que los años pasados todavía cercanos, que recordamos con nostalgia. Los proyectos pueden ser o deberían de abordarse a largo plazo, ya que especular que a los 65 años se es un anciano es firmar el suicidio antes de tiempo.

La reprogramación del reloj no consiste más que en recapacitar que una persona de sesenta años, que equivaldría a tener antiguamente en noventa años en expectativas de vida, hoy en día podría pensar que tiene 30 o 35 años. Los mismos que todavía le quedarían por vivir hasta los sesenta de antes o los 90 o 100 de ahora. Claro que para reprogramar la duración extrínseca habría que modificar nuestras acciones intrínsecas o existenciales, aquellas que no podemos medir. Nuestra forma de encarar el trabajo como si fuera el primer día que empezamos la vida laboral, la apertura a ideas nuevas, la relación con gente más joven, el optimismo hacia el futuro, la tolerancia y la transigencia, el cuidado del cuerpo en la recuperación del desgaste diario, serían algunas de las acciones que se tendrían que reconsiderar para llegar a buen término la reprogramación del reloj interno de la existencia.

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