La valoración de lo difícil

Hablando con nuestro grabador en Suiza, suizo de origen español, nos decía que el problema en España es que no se valoraba la dificultad de cualquier trabajo y menos el que implicaba a la relojería. En España, explicaba él, que la mayoría de la gente piensa que un reloj es algo muy simple y que su ejecución no conlleva ningún tipo de dificultad. Esa idea puede ser extensiva a todo tipo de trabajo, sea productivo o de servicio. Por ejemplo, el notario, para el español, solo firma, el ortodoncista solo aprieta el aparato, el diseñador solo dibuja, el operario de la máquina solo pulsa el botón, el maitre solo habla con los clientes y Zara solo copia. El español no comprende que detrás de todas estas acciones descritas simplemente, existe una cantidad de horas de trabajo y de aprendizaje muy arduas para tener que ser banalizadas de ese modo.

Hay una sensación de sorpresa grata cuando un español va al extranjero y describe su trabajo cualquiera que sea. Al momento nota una especie de reconocimiento y consideración cuando habla con solvencia y es experto en su trabajo. La mayoría de los extranjeros tienen el arquetipo del español que no sabe hacer la o con un canuto y cuando oyen los conocimientos del trabajo de un español, comprenden el grado de dificultad y lo valoran. Esto en concreto se puede sentir en el ámbito relojero en Suiza. Allí consideran que en España la relojería se limita a la venta y reparación de relojes, pero de diseño industrial y de ingeniería micro mecánica como en Burundi. Pero hay que exculparlos, ya que ese es un sentir general global del sector productivo de España.

El problema es debido a la idiosincrasia del español, en que su pensamiento es intuitivo, basado en la opinión como certeza más que en la capacidad de análisis. Así, el pensamiento del español es de superficie, solo viendo el mundo patente y no el mundo latente como diría Ortega. El español vive un pensamiento de sensaciones del momento, de opiniones y no de reflexiones, adoleciendo de un criterio detenido en las circunstancias visuales y no en las conexiones de profundidad. Por tanto, la mayoría de sus ideas son irreflexivas basándose en opiniones como verdades de certeza, más que en unas ideas elaboradas, aunque sea como una segunda opción. El problema es que nos es dificultoso pensar, ya que es más fácil sentir y opinar que analizar. No es de extrañar que la opinión sea un dictamen normativo para todo tipo de evaluación que se requiera en cualquier contexto.

A partir de la poca valoración que tiene lo difícil en el español, entonces surge la cultura de lo fácil. No vale la pena el esfuerzo ni el estudio continuado ni el reciclaje, ya que nunca va a ser valorado dentro de la sociedad. En cambio, se valora lo conseguido cómodamente y sin denuedo, donde el pelotazo, la chapuza y el resultadismo se transforman en los valores básicos del español. De ello se han dado cuenta nuestros políticos, que sabiendo que el español piensa por sensaciones y opiniones del momento, su línea de trabajo será siempre enfatizar el pensar del momento con el mínimo esfuerzo posible, ya que nosotros podemos opinar pero no pensar. Si pensamos en ellos en España no habría ningún tipo de Estado de lo político.

Puede que con el tiempo, esta manera de pensar de los españoles cambie y sobre todo con el acceso libre para Internet. Pero ya sabemos lo que van a hacer los políticos, que si los españoles tenemos que pensar mejor limitar el acceso y que sigan opinando, ya que el destino de aquellos sería limitado si en España se pensara.

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