La existencia es un asunto del método

La etimología de la palabra método procede del griego meth, que significa tras lo cual y ódos que es el camino. El método es un tras-lo-cual-el-camino sustantivando la palabra al modo de Heidegger. El pronombre y la preposición tras-lo-cual indican las veces de un sustantivo o de un nombre de lo que existe, una situación, y en el caso del método un camino. Todo nombre y palabra tienen un camino detrás de sí. Ello implica que cualquier principio, palabra, significado, función, forma y lenguaje contienen un detrás y un trayecto, que si pensamos en la idea de principio de Leibniz están en aptitud o que los nombres están estructurados de un modo holístico, en armonía.

Un tras-lo-cual-el-camino es un trayecto proyectivo. Es un espacio/tiempo como camino que se transita, por ello los dos conceptos de espacio y tiempo no pueden estar aislados hacia un plan, propósito, objetivo de llegar a algún lugar, que es un sitio de ocupación y ocasión o acontecimiento. Esta idea del transitar en Heidegger está muy vinculada a la noción de existencia, por lo cual el trayecto proyectivo sería su sinónimo así como el de método. La vida es un asunto del método, de realizar un camino. Deleuze decía que el método es una práctica no un procedimiento.

Ahora bien, el método como trayecto proyectivo tiene un principio, un origen. Estos principios dentro de lo que nos tiene acostumbrado la metodología actual, parten de premisas lógicas o científicas que configuran o estructuran un conjunto de procedimientos para la explicación epistemológica. Esta utilización del método solo abarca una parte de sus posibilidades, y sobre todo, es un procedimiento del afuera o lo que diría Ortega, del mundo de la superficie. Pero en realidad el método no es solo un procedimiento científico, es un trayecto proyectivo de la existencia cuyas premisas parten de los principios y estos son intuitivos en cuanto se refieren al ser/existencia.

El análisis del método o el principio de-lo-que-está-detrás-de-lo-cual lo realizó Descartes cuando prescindió de toda representación del mundo de la superficie para llegar a la conclusión de que el origen es el yo que además es tiempo. El yo soy de Descartes explica que es un yo que era antes de ser un sido, y por tanto pasado. De ahí que el mismo concepto del yo implique una sucesión del espacio yoico, que equivale a un espacio/tiempo singular, un lugar de trayectoria que piensa o idea. Por tanto el yo soy es el principio del método como proyecto con un objetivo o un fin.

Siguiendo con la idea de Descartes del método, pero aplicándolo al nuevo principio del tras-lo-cual-como yo soy espacio/tiempo, ese yo del que parte para elaborar un método analítico, a pesar de explicarlo como una verdad dentro de su ontología, no deja de ser una intuición, la intuición del tiempo como una duración en un lugar.  El yo soy elabora los trazados que transitarán por el trayecto de un modo proyectivo, partiendo del primer principio intuitivo que es que el yo soy, el pensamiento y la existencia son tiempo.

Bergson expresó que la intuición es la duración y que este tipo de pensamiento tiene que ver con el método, que desde su punto de vista era un procedimiento para resolver problemas. La relación que tiene Bergson con Descartes con respecto al yo es que es un Moi como un yo que recibe síntesis pasivas y se va desarrollando en evolución. El yo ya la había planteado Descartes como sucesión de una duración y Bergson lo emplea desde el nacimiento como evolución y flujo de una sucesión de estados imposibles de separar. Así, el método que depende del pensamiento intuitivo también es un trayecto proyectivo del Moi,  pero en Bergson el aspecto del yo activo no resulta tan claro como en Descartes, Fichte o Kant. En Bergson comprender la propia intuición como duración es reconocer otras duraciones, para poder plantear problemas y ser resueltos bajo el prisma del método como mediación. La vida entonces es una duración de proyectos a ser planteados y resueltos dentro de una metodología con principios intuitivos, que posteriormente se irán configurando por evolución y sucesión de trazos.

Ya se planteó que la vida como existencia y duración pertenecen a las acciones extrínsecas y las intrínsecas, tal como explicaba Suárez. El individuo tiende a medir las acciones intrínsecas de su existencia con respecto a las acciones extrínsecas que pertenecen al tiempo medido. Entonces la duración desde esa perspectiva pertenece al tiempo del reloj que inexorablemente transcurre y el individuo siente que cada vez pasa más rápidamente. He aquí la prueba de la relatividad del tiempo. Con los años del tiempo medido, los recuerdos se agolpan, las horas parecen minutos y los años días. Todas las acciones que se realizan parecen un deja-vu cansino, comprobándose el eterno retorno de la repetición. Se repiten todas las cosas que realizamos, las acciones extrínsecas, pero en cambio, independientemente del tiempo medido, las acciones intrínsecas de nuestra existencia, el trayecto proyectivo es un camino sin retorno, que no puede ser medido por el tiempo absoluto, sino por la cantidad de proyectos realizados.

Si la existencia es un método entonces equivale a un proyecto de proyectos. La existencia se mide, si tiene algún tipo de medida, por la cantidad de proyectos que se realizan durante el transitar de la vida del individuo. Un proyecto cualquier proyecto consta de siete pasos: concepto, objetivo, medios, archivo, configuración, ejecución y resultado final. Sea una palabra como un concepto o función, entender una forma, expresar una proposición o actualizar una idea, los pasos a seguir en un proyecto serán los mismos, aunque estén agolpados y se realicen en un instante.

Entender la vida como método significa que el pensamiento intuitivo media inmediatamente con otra manera de medir el tiempo, de vivir las acciones, de sentir las ideas. Este modo de vivir la vida es detener el tiempo medido del reloj y comprenderla como proyecto de proyectos, imbricados, sucesivos, simples, compuestos, estructurados y expansivos. Así, el tiempo pasa a ser un dominio del individuo y no de la tiranía del reloj, que implacablemente marca las horas.

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