La nueva religión del concepto universal del tiempo

A pesar de la teoría de la relatividad, donde se explica que el tiempo es relativo y además es propio, hoy en día, y más que nunca, el concepto universal del tiempo es absoluto. No hay un ordenador que no indique el tiempo medido con exactitud aquí y en Shenzhen simultáneamente. Se puede imaginar perfectamente lo que están haciendo nuestros amigos al otro lado del mundo, con una contracción del espacio, mientras que el tiempo pasa igual a ellos que a nosotros. Así, el tiempo pensado de este modo es absoluto, simultáneo e independiente del espacio. Es el tiempo de todos y para todos.

Ese, en realidad, ha sido el gran triunfo de Newton sobre Leibniz e incluso sobre Einstein, que ha logrado que sus ideas, ya sin gran entidad científica, se transformen en ese gran Dios matemático que él glorificaba como lo absoluto, y que la gente común, toda la gente lo glorifique. El tiempo absoluto es el nuevo Dios del mundo, el tiempo medido.

Newton sí que entendía que había un tiempo relativo, pero que este pertenecía a la gente vulgar. El tiempo absoluto era de los sabios, de los astrónomos que estudiaban las matemáticas, ya que en el fondo Dios era una gran ecuación y para llegar hasta Él había que apartarse de los principos de subjetividad, para poder pensar en verdades necesarias y absolutas y no posibles y contingentes, que pertenecían a la existencia común. La vida es incierta pero el tiempo es absoluto y es Dios. Dios es la duración infinita, que pertenece a los números reales y no a los números imaginarios. Así,  para Newton, Dios es la realidad numérica absoluta, donde las verdades son medidas matemáticas. Hoy en día, nuestra medida matemática absoluta es el tiempo medido, es nuestro nuevo Dios.

En la Edad Media, todos los actos de la existencia se encaminaban a glorificar a Dios. Hoy en día, todos los actos de nuestra existencia son guiados bajo la potestad del tiempo medido, y en cierto modo, nuestra vida se proyecta para ensalzar el tiempo medido. Si se llega puntual a un sitio, es un acto de alabanza al dios/tiempo, si se trabajan muchas horas se glorifica a esta nueva deidad, si se termina un proyecto en plazos más cortos es una exaltación de la nueva fe. El tiempo absoluto de la medición guía todos nuestros actos de toda nuestra vida, sin ninguna opción a renegar de esta fe. El apóstata no tiene sitio en la nueva religión del tiempo absoluto, ya que el que practica la herejía del tiempo propio no es un creyente.

Los monjes benedictinos que inventaron la puntualidad y la vida social del ora et labora, no se imaginaban que sus normas serían las que regirían a toda una civilización, a todo el mundo, más allá del choque de civilizaciones. La regla benedictina se creó expresamente para que el  ermitaño abandonara su vida individual y que, en cierto modo, se apartara de su proia meditación, de su método y trayecto singular. El tiempo absoluto se convirtió desde entonces en la verdadera alianza de civilizaciones, no peor aún, en la dictadura global del sometimiento de todos los hombres individuales y propios.

A día de hoy, el sometimiento a un horario fijo es una tiranía impuesta por la nueva religión del tiempo absoluto. Ser creyente de este nuevo dogma, como todo dogma absoluto inhibe la imaginación, la espontaneidad y la creación en beneficio de la dialéctica, el pensamiento discursivo o la lógica. Quizá, en esto como es muchas otras cosas, Aristóteles tenía razón cuando explicaba aquello que la virtud está en el término medio.  

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