El éxtasis de lo extático es la ausencia

El éxtasis se ha definido como un estado de trance, que nuestros místicos españoles se encargaron muy bien de describir en su poesía. Era una estrecha comunión con Dios donde se apartaba de la alteridad y existía una identificación del alma humana con la sustancia divina. Era un estado de transformación de la inteligencia, explicaba Filón de Alejandría, por obra de Dios. Casi todos los filósofos de la historia describen dentro de sus sistemas, un estado especial de la inteligencia o de la intuición para alcanzar un estado más alto de percepción, sea de un modo místico o por el método filosófico o por experiencias límites. En realidad, el éxtasis es la afección del tiempo entendido como aión, que es el tiempo del presente continuo, el tiempo de la eternidad. Comprender el éxtasis es percibir el trozo de actividad que compartimos con lo eterno, el tiempo del aión.

Aristóteles pensaba que las cosas se regían por el movimiento y este por el tiempo sucesivo o cronos. El alma universal lo percibía a través del cambio. Así, todas las cosas se conducían por un principio de actividad, que era la participación que tenían con respecto a la primera sustancia o el pensamiento intuitivo. El alma tenía mucho de intuición, y por eso, además de percibir el tiempo como sucesión, podía percibir el tiempo de la eternidad que era el tiempo del aión. Aristóteles no habló de ningún tipo de experiencia singular sobre ello. Fue Plotino quien explicó la unión que existía en la visión de la eternidad con el alma humana, describiéndola como una ausencia de sí, una detención del tiempo sucesivo para poder entender el pensamiento puro, que era el Dios de Plotino.

Posteriormente, la mayoría de los filósofos han planteado un estado de lucidez como medio para alcanzar un conocimiento más elevado. Desde los místicos y escolásticos del siglo XII, Descartes con su método para alcanzar el yo, Leibniz, el idealismo alemán con el concepto de intuición intelectual, hasta la vuelta al misticismo existencial de Heidegger y Sartre, todos ellos y muchos más encontraron el éxtasis como un estado de lucidez y ausencias propios de sabios o iniciados, sea en la filosofía o con experiencias cerradas y misteriosas accesibles solamente a los iniciados. En el éxtasis se hallaban dos propiedades en común, la detención del movimiento, y la sensación de pérdida de la forma y del tiempo sucesivo. En realidad, este tipo de estados son un darse cuenta de que existe otra clase de tiempo que no es el sucesivo o el medido por el reloj, sino el de un presente continuo al que los griegos llamaron Aión.

Virilio describe estas ausencias o detenciones del tiempo sucesivo como picnolepsias o crisis de ausencias, el tiempo ausente del que lo sufre. No ha existido ni ha sido vivido sin darse cuenta de lo que ocurre, donde la diferencia con el éxtasis es que este es un estado donde el que lo experimenta se da cuenta de que sigue viviendo y existiendo, pero no dentro del tiempo medido. En cambio, las ausencias que se experimentan diariamente no se producen dentro de un estado de lucidez. Po eso el problema para Virilio es que estas ausencias sin conciencia se convierten en crónicas por la velocidad. Con la velocidad de la sociedad moderna, la ausencia resulta en una pérdida de las formas, con lo que él llama en la anamorfosis de la estética de la desaparición. De todas formas, con Virilio el éxtasis como ausencia deja de ser un estado de trance solamente para iniciados y pasa a ser algo común entre la gente. Solamente falta el darse cuenta de que el tiempo medido se puede detener y vislumbrar un trozo de la actividad pura, de la creatividad del tiempo del presente continuo. Pero ¿eso es posible?

El éxtasis contemporáneo es el darse cuenta de los momentos de ausencia de sí mismo y de la detención del tiempo medido, como una visión y contemplación de la actividad o de la creatividad. Por ello, la ruptura con la cotidianidad del modo ausente y posteriormente consciente, es un éxtasis como un salir fuera de lo crónico, donde lo estático se transforma en extático del presente continuo. Es común hablar del éxtasis como éxtasis de los sentidos, como un estado de lucidez intensa fuera de lo común que se alcanza precisamente a través de ellos, como pudiera describirse con el sexo, la música o el placer de la comida. Situaciones comunes de la vida diaria, donde se detiene el tiempo crónico y se atisba el tiempo ilimitado. Son estados que se desean que nunca terminen para fundirse y participar en ese trozo de eternidad.

En realidad, estos momentos pueden llegar a ser comunes con la práctica, que no consiste más que en detener la precipitación de la velocidad y sentir la actividad creadora. En esto residía el vínculo entre el tiempo de las cosas y el tiempo de la eternidad del pensamiento puro, el principio de coordinación y de junción del Nous aristotélico, la Perpetua Vida Noble

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