¿Por qué no cambiamos los españoles?

Enrique Gil Calvo dice que nosotros hemos nacido para cambiar. La necesidad de construir identidades elásticas y flexibles, nos condiciona a una adaptación al entorno laboral y familiar durante el trayecto que es la vida. Esa idea del cambio va pareja a un principio de identidad, que no se substituye y que permanece constante para ser uno mismo, lo cual le lleva a formular el concepto de educación continua. Esto se basa en que hay que educar a nuestros hijos, explica E. Gil Calvo en su libro Nacidos para cambiar, desde la cuna a la tumba para que basen su aprendizaje en el cambio con un control de su esencia personal. El problema es que si se lee lo que escribía Ortega a principios del siglo pasado, nos daremos cuenta que el español apenas ha evolucionado en lo esencial. Si bien es cierto que a nivel de creencias religiosas o sociales la sociedad española se ha renovado, no lo ha efectuado en esencia, por un puro y simple miedo al cambio. El carácter español es tradicional y prefiere lo malo conocido que lo bueno por conocer, además de que no valora el esfuerzo por la innovación de los que pueden variar el modo de pensar colectivo. Ortega describe que el poder social está en manos de lo político y en los poderes que le son afines, llámense jueces, fiscales, periodistas, médicos y todo lo que tenga relación con el Estado y esto es lo que más considera el español.

En España, dicen las encuestas que la clase menos valorada es la política, pero en cambio, todo el mundo quiere pertenecer de alguna forma al Estado, que es el concepto de lo político de Carl Schmitt. Aquí criticamos a los políticos, no por lo que hacen sino porque no podemos hacer lo que ellos hacen. En lugar de pensar que no debería de existir el Estado, ya que la tendencia en una sociedad liberal es la supresión de la clase política, en realidad lo que queremos los españoles es pertenecer a esa casta política que tiene patente de corso. Por eso, escribía Ortega en España invertebrada, que el político goza de un exceso de poder social, a pesar de que hoy en día parezca lo contrario en las encuestas. Si las encuestas fueran ciertas, la sociedad civil, la misma que propugnaba Locke como administradora de sus propios asuntos, ya se hubiera encargado de poner fin a la teoría del contrato social y del bien común. Enajenarse para entregar nuestra propia libertad al poder político, para ser expoliados en todos los aspectos de lo social eso sí que es estar enajenados, que es un sinónimo de la locura. Los españoles estamos hechizados por el Estado y lo político.

Por otra parte, se encuentra ese perenne miedo al cambio que tiene el español, que en realidad es un miedo a la incertidumbre, a la angustia de lo que puede ser en lugar de lo que es cierto, estable y necesario. El español quiere lo seguro, lo que siempre conoce y ha conocido desde muy temprana edad. Es difícil hablar de innovación en España, ya que en la esencia del carácter español está la defensa de la consigna que nos enseñaron en nuestra infancia. Esta consigna, sea la que sea, será una opinión para nada meditada pero sí defendida a ultranza, ya que cambiarla supone perder parte de nuestra identidad, que es lo que más aprecia el español, con el consabido “yo soy así y no voy a cambiar”.

¿Y esto a qué es debido? Es un problema geofilosófico como un dispositivo territorial o un afecto trasmitido a nivel colectivo generación tras generación. La realidad española histórica ha sido que el español ha vivido siempre en una frontera, la frontera territorial que ha supuesto casi ochocientos años de incertidumbre. Todo el territorio español, ha estado desde el siglo VIII en un límite incierto, donde la vida diaria era un constante sobresalto. No existía el puesto seguro ni la colocación ni la dependencia a un señor como había en el feudalismo en Europa. Por lo menos allí se gozaba de la protección y estabilidad que otorgaba un señor feudal a sus vasallos, también enajenados incluso con su cuerpo. En España se era libre, pero el futuro era angustioso e incierto. Esa situación mantenida durante tanto tiempo llevo a la sociedad española a la extenuación, deseando alcanzar un estado de máxima certidumbre al coste que sea. Acarreó un deseo de toda su fuerza colectiva en sus arquetipos más profundos, para la máxima estabilidad posible de la vida límite. De ahí que haya tanta polémica cuando se toca el tema de la jubilación o el cambio social y se acepte prácticamente sin rechistar cualquier regla restrictiva que provenga del Estado protector, que ofrece la máxima seguridad. El español está cansado de luchar, que es sinónimo de innovar, ya que eso es lo que siente en lo más profundo de su ser histórico, su espacio topológico diría Merleau-Ponty.

No nos engañemos, la sociedad española no va a cambiar en los próximos 200 años. Necesita superar el miedo a la frontera, y eso pertenece a un espacio diacrónico, ya que el dispositivo o la relación de comportamiento es el de un grupo social y no individual. La sociedad evoluciona dentro de los tiempos de un sistema y no de los tiempos individuales, aunque se puede evolucionar paralelamente. La única posibilidad de cambio es el individual, que va sumando poco a poco una metamorfosis en el dispositivo de comportamiento social, para alcanzar esa posibilidad de innovación dentro de la sociedad española. De momento, lo mejor es que cada cual en su territorio y su espacio topológico introduzca la idea del cambio, alcanzando paulatinamente una transformación en el pensamiento colectivo del español, pero lo que sí que está claro es que nosotros no lo veremos de un modo colectivo aunque sí que podremos hacerlo individualmente si superamos ese miedo al cambio y cambiamos de consigna por la de “yo cambio todos los días, innovo y emprendo”.

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  1. EXTático » El presurismo, el emprendedor y el concepto de presura - [...] el español no es ni quiere ser emprendedor. Si a esto le añadimos el misoneísmo del español o ese miedo …

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