El hombre mediocre en Ortega

Es triste comprobar que la idea de Ortega sobre la mediocridad del hombre español sigue vigente hoy en día, después de más de ochenta años desde que se publicaron sus libros La rebelión de las masas y España invertebrada. No solo no ha desaparecido sino que han aumentado los rasgos que componen este tipo de hombre, que según Ortega es sinónimo de hombre masa. Un tipo de hombre que no construye nada, careciendo de proyecto y creatividad, yendo a la deriva en su trayectoria vital.

Ortega explica que este tipo de hombre se cree con el derecho a tener una opinión de todo con la exigencia a manifestarla, aunque sea absurda. Una opinión sin forjar, no siendo más que una creencia dogmática sin análisis ni lógica alguna. Es lo que llama el hermetismo intelectual, donde el hombre mediocre se contenta con tener un repertorio de ideas y creencias, que completa lo que este considera ser inteligente. Este tipo de hombre, dice Ortega en La rebelión de las masas, se cree perfecto, lleno de tópicos, prejuicios y vocablos hueros, que pretende imponer su mediocridad e intenta obligar a este derecho, el derecho a que todo el mundo sea tan vulgar como él. La vida pública, decía Ortega, es donde se ejerce este mayor derecho de la vulgaridad intelectual. Duras palabras las de Ortega para el hombre masa europeo, que se concretaron en España invertebrada para el español de aquella época.

Ortega pensaba que uno de las causas principales para la aparición de este hombre masa sinónimo de vulgaridad y mediocridad era la técnica. La otra causa era la democracia liberal. Dice Ortega con acierto, que el hombre vulgar se ha encontrado con la técnica como un producto de la naturaleza sin pensar en el esfuerzo de individuos geniales que basaron su proyecto de vida en la creatividad. El otro aspecto es la democracia liberal donde los derechos están por encima de los deberes éticos e incluso desaparecen ante los demás y ante sí mismo. En el mediocre prevalece la exigencia de que la vida gire en torno a él para asentarse en su creencia de que es perfecto, de que sus opiniones dogmáticas son las leyes en las que se debe de regir el mundo. El hombre vulgar piensa que la vida está exenta de impedimentos, sin deberes ni esfuerzos, ya sea por la facilidad que le procura la técnica o la poca exigencia del sistema que favorece la vulgaridad, entendida como la falta de compromiso consigo mismo y con el otro, a partir de la creencia dogmática en la opinión hermética del ser mediocre.

El problema es más acusado hoy en día en Europa, y sobre todo en España, llena de derechos pero sin exigencias dentro de un proyecto vital particular ni social. Prevalecen las opiniones antes que el pensamiento dialógico. Continúa la creencia dogmática, sea dentro de una escolástica de lo socio-colectivo o de lo religioso, como el factor impulsor de la vida pública e intelectual del español, que se trasmite tanto en la relación social interpersonal como en algo tan trivial como la conversación.

Dice Ortega, que en una conversación entre seis personas se suelen formar dos grupos, uno es el que influye, ofreciendo más de lo que recibe mientras que el otro escucha y aprende. A veces los dos grupos cambian sus papeles, ya que depende del tema que se domine, siendo el otro grupo la nueva cabeza en otra conversación. Este ejemplo lo señala en un grupo abierto, dentro de un  pensamiento práctico-analítico, concepto que posteriormente ha elaborado Habermas dentro de su teoría de la razón dialógica, basada también como una superación de la razón práctica de Kant. Ahora bien, cuando una parte del grupo se resiste a ser dirigido por el otro, es decir, se resiste a escuchar y recibir en orden a formar un pensamiento analítico entonces la conversación es imposible. Hoy en día este ejemplo es mucho más patente en todos los ámbitos de la vida pública, incluido en la interactividad que existe en los medios de comunicación, donde el pensamiento analítico es sustituido por un buen titular que se trasforma en consigna, precisamente con el ánimo de enardecer al hombre mediocre para que vuelque su opinión vulgar y absurda, sin escuchar ni analizar el texto. Este comentario mientras mas soez y desconsiderado sea para el autor del texto y con los otros comentarios será más considerado por el resto de los que intervengan en la conversación mediática. El análisis ponderado y dialógico no tiene cabida hoy en día, prevaleciendo lo vulgar en la mayoría de las conversaciones que se inician en España, sea en los medios interactivos o en los pequeños grupos sociales y familiares.

En realidad, creo que todos nacemos siendo mediocres y vulgares porque no existen las castas ni las jerarquías elitistas que estén en posesión de una verdad, ya que esta misma premisa las hace caer en la vulgaridad del dogma y la creencia en ser superiores a algo o a alguien. Incluso el grupo que se considera a sí mismo inteligente, estableciendo algún tipo de jerarquía por creencia me parece que son vulgares y mediocres. El ser mediocre es el que se cree que lo sabe todo y que su vida no vale la pena el esfuerzo de abandonar el pensamiento dogmático, de la Doxa como decían los griegos, en aras al pensamiento noble que es el diálogo, el análisis y sobre todo el de la creatividad. Este tipo de pensamiento ofrece y otorga más que recibe y si recibe es para ser más creativo y analítico. Todas las fuentes son necesarias para ser más creativo. Es el todo vale de la epistemología de Feyerabend, que cualquier pensamiento sirve para hacer un análisis del objeto para ser sujeto, ya que es el sujeto el que hace el objeto. Una idea de Fichte que posteriormente desarrolló Hegel como superación de la negatividad del ser, que con Ortega esta superación es la razón de nuestro proyecto de vida, como memoria y acción.

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