¿Ha perdido Occidente sus valores?

No, al contrario, están muy vigentes los llamados valores de Occidente. De hecho, el mayor valor de Occidentes ha sido y es la fe. La fe en Dios hizo que Occidente armara a muchos de sus hombres para ir a apalear al infiel allí donde los hubiere. En la actualidad, hemos empleado todo nuestro desarrollo científico para que en nombre de la fe en la libertad, crear un sofisticado sistema de defensa de ella, para continuar apaleando al infiel a miles de kilómetros de distancia. Libertad, Dios, patria o economía son los valores prioritario de la fe y por la fe, y defenderla es el motivo principal por lo que hoy en día se mueve Occidente.

El significado del valor de la fe lo presentaba Parménides como la creencia absoluta en lo verdadero. Para él lo verdadero era el ser completo que llenaba los espacios de significación. Esos espacios de significación se convirtieron en interpretativos y cada sociedad, cultura, época axiomatizaba lo verdadero para ser presentado en la creencia y verdad absoluta, como valor de fe. En nombre de la fe en la patria, en la raza, en el proletariado, en la libertad, en el rey, en el Estado e incluso en la razón científica, se han arrasado sociedades y pueblos enteros. En la actualidad se continúa haciéndolo con mucha mayor sofisticación que antaño.

El valor es el principio de dirección del querer, de una acción que tiene un fin. Esta definición de valor equivale a una utilidad de dirección, una norma para que ese valor en sí mismo sea ejecutado por alguien. El valor va vinculado a la utilidad y se crea para ella. El problema, dice Nietzsche, es que se ha olvidado que el valor es una moneda que ha perdido el cuño y no se entiende como un utensilio, sino que se ha convertido en un dogma o una imposición por la fuerza de la costumbre. El valor ya no es algo consensuado para conseguir el fin de una acción conjunta. Es un axioma al que se le otorga un poder inusual, ya que quien lo usa, además de no comprenderlo, no intenta pensarlo, sino que se lanza en la dirección de intransigencia sin entenderlo como un espacio de significación que es la propia interpretación conceptual. De ahí que en realidad el valor es un concepto como espacio topológico de interpretación que puede ser construido y estructurado, para un conocimiento que permite realizar una función. Esta función muy bien puede ser consensuada por un nosotros, o quizá lo mejor, que puede ser construido por cada yo, usado, replanteado, reconstruido y vuelto a usar. De esa forma, pierde su significante dogmatizado, ya que es el uno mismo el que crea el concepto, y por lo tanto, el valor.

En realidad, lo que se ha perdido es que lo dijo Parménides hace mas de dos milenios y todavía no se recuperado. Los hombres solo ven en las palabras el significante, la palabra vacía y no el verdadero espacio de significación. Cuando alguien actúa en defensa de la libertad, en sí misma es una palabra vacía. Es sorprendente como los defensores de la libertad actúan con verdadera impunidad jacobina defendiendo este “valor” sin haber analizado su significancia. Lo mismo ocurre con todos aquellos que defienden palabras y no conceptos interpretados topológicamente. Estos conceptos son herramientas para la misma acción dirigida, pero delimitada y comprendida consensuada dialécticamente con uno mismo o con un nosotros.

Con el exceso de información y la cultura de superficie, lo que verdaderamente vale es el significante, ya que la velocidad adquiere mayor valor que la detención. La palabra vacía es preferible que sea un motor de por sí que estimule a la acción rápida, que no conlleve una comprensión en su significado. La gente no quiere calentarse la cabeza, en cristiano horizontal. De ahí que el valor siempre aparezca como dogma y ahora en mayor medida, ya que nos movemos en una cultura de superficie, el mundo patente de Ortega. Se olvida lo leído hace un instante. Por ese motivo, el valor como dogma aparece en los primeros años de educación y es muy difícil cambiarlo porque nadie se detiene a comprenderlo. Esa moneda a los cincuenta años no se ve ni el color del material de la que está hecha.

Entonces, hay valores, los que uno aprende en su infancia por diferentes modos y motivos. El problema es que estos valores, sean los que sean, adquieren un significado de dogma y no de conceptos interpretativos que pueden ser replanteados y utilizados. No hay trasmutación de valores, que en eso consistía el superhombre de Nietzsche. Nada de poderes especiales ni de élites aristocráticas aunque él hablara de ello. La élite consistía en la capacidad que tiene el individuo de cambio del valor, y mas allá, del principio del valor que es el concepto. Los valores solo sirven si son replanteados y cambiados en sí mismos. El concepto entonces se adapta al tiempo y este tiempo es la construcción de uno mismo, el yo del tiempo propio.

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