Ser un chaval

Creo que ser joven o ser un chaval, me encanta esa palabra, no es cuestión de edad ni de físico sino de la capacidad de poder romper y destruir los conceptos establecidos. No dentro de un aspecto social o revolucionario, sino de aquellos conceptos que nos enseñaron hace tanto tiempo. Los usamos día a día pero no nos detenemos ni siquiera a ponerlos en duda, aunque lleguemos a ser conscientes de su inutilidad actual.

La vejez llega por falta de plasticidad en las conexiones neuronales, como la fatiga misma, dice Deleuze.  Es un repliegue a las opiniones establecidas, a los conceptos de siempre que se vuelven todavía mas rígidos y los tópicos aparecen como cantinelas constantes del que no tiene nada que decir. Deleuze, antes de llegar a ese estado, utilizó la máxima de su propia libertad, que es poner fin a la vida cuando uno mismo quiera. El problema es que para esa falta de plasticidad no hace falta llegar a la vejez. Hoy en día, muchos chavales son ancianos porque sus conceptos son tan rígidos como el del legionario del tercio de Cartagena o del proletario que estuvo en Rusia.

Para ser un chaval, no hace falta tener una edad determinada ni ningún tipo de experiencia o de estudios. Solo hay que tener la capacidad de destruir, la Desktruction que llamaba Heidegger.  No es otra cosa que romper las opiniones establecidas, que es un modo de replantear y reconstruir nuevos conceptos mucho mas pragmáticos que los que eran útiles hace 30 años. Con la velocidad actual, la anamorfosis o esa estética de la desaparición que explica Virilio, no hay tiempo para formar conceptos propios. Por ese mismo motivo, muchos de los chavales de hoy son viejos antes de tiempo, porque no pueden detenerse a dar forma a ningún concepto ni mucho menos plantearlos o replantearlos. Se quedan con los que les dieron masticados en su infancia. Solo les da tiempo a aceptar los cuatro primeros conceptos que aprendieron, sean de la índole que sean y con eso tiran del carro.

Así, los nuevos chavales somos los viejos que nos paramos a destruir, repensar y replantear nuestros propios conceptos. Nos reseteamos en una espiral, en una anábasis del tiempo propio. Lo más interesante es que si alguien nos quiere oír, le podemos ahorrar treinta años de un plumazo, como alguna vez le digo a mi hija. No es experiencia, es la destrucción del concepto. Eso es ser un chaval.

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