El tiempo es la percepción de lo indeterminado

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Todo lo que existe es esencialmente indeterminación. Por eso dice Anaximandro que el principio de necesidad absoluta es que todo lo determinado tiende a ser indeterminado por el tiempo. El algo y el alguien nacen y aparecen porque se determinan y se limitan, desapareciendo cuando vuelven por su propia necesidad a ser indeterminados. El fundamento de todo lo que tocamos pensamos y vemos es una indeterminación real, que recíprocamente va de un lado a otro y se determina e indetermina, donde el tiempo es la percepción de esa relación recíproca que es lo indeterminado. Esa es la realidad del tiempo.

El alguien es quien percibe ese paso de un estadio a otro, pero que a su vez necesita de la limitación y la detención, y lo llama tiempo. Así describió Aristóteles el tiempo, el número en movimiento, pero que es necesario ser percibido por el alma como un cambio. El problema ha sido que el miedo a la dispersión y a la no comprensión por parte de nuestra inteligencia de lo indeterminado, el tiempo, lo hemos intentado encapsular, materializar, determinar dentro de la magnitud y por eso el tiempo se ha convertido en nuestro mayor contrario. Hemos querido determinar lo indeterminado de un modo necesario o lo que es lo mismo, hacer eterno el tiempo de la cantidad de la medición. Encapsular el alma del tiempo en una caja de cristal, como si la nada pudiera tener una forma extensiva o física.

Esa nada que se quiere materializar en un algo extensivo es la detención, la limitación, la negación de lo contrario que es la actividad, la superación, la ruptura, el cambio, que Nietzsche definió como las fuerzas reactivas de la voluntad de poder. El concepto de voluntad de poder es una evolución del principio de indeterminación de Anaximandro pero enfocado a la vida. En la vida intervienen los factores orgánicos y en concreto el hombre. El hombre es una expresión de la voluntad de poder, que se describiría como una relación entre las fuerzas activas y las fuerzas reactivas. Las fuerzas activas hacen que el hombre que se construya en base a ellas, pueda romper con la determinación de los valores, de los límites, que impone el miedo a la incertidumbre y a la inestabilidad. Ese hombre es el superhombre de Nietzsche. El superhombre o quizá mejor el ultrahombre, es el que hace de la actividad su fuerza. Termina todo lo que empieza, afirmando y afirmándose como individualidad que construye sus propios valores, sin dejarse guiar por los valores universales. El hombre de la reacción, el infrahombre, es el que lo impide con la negación de la actividad y el desplazamiento y proyección de sus propias miserias al otro, al activo. Por eso la culpa según el infrahombre siempre es del otro, cuando esta no existe o se la puede llamar error, que no conlleva un castigo sino una transformación, una transmutación diría Nietzsche.

Si la voluntad de poder son fuerzas activas y reactivas que se refieren a la vida, el alguien es a la vez el ultrahombre y el infrahombre. De un modo individual, como un hombre singular, es voluntad de poder, reciprocidad que tiende a la indeterminación, a lo ilimitado que percibe a través del tiempo. Esa percepción del tiempo como lo indeterminado puede causar la angustia del infrahombre que se transforma en detención, resentimiento, envidia, negación contra lo activo. En cambio, el placer de la acción de la creatividad de lo nuevo, de la identificación con la indeterminación por el hecho de tender a romper los límites en cuanto se refieren a conceptos delimitados y enquistados sin un significado actual o práctico. Esta lucha de contrarios o la reciprocidad que existe es la misma voluntad de poder, dentro de ese alguien que es el yo de cada hombre. La voluntad de poder no es propia del ultrahombre en exclusiva sino que pertenece a la vida que se manifiesta en ese alguien que a su vez es ultra o infrahombre, determinación o indeterminación, limitado o ilimitado y sobre todo, que es tiempo medido o propio.

Por ese motivo, todos nosotros somos a la vez una cosa y otra. El problema está en si queremos cambiar o queremos seguir como estamos. O quizá mejor, saber cuándo nos hallamos en el inframundo o en el ultramundo de nuestro propio yo. Una manera de empezar a tomar una decisión, es vislumbrar si regir la propia vida, que es la voluntad de poder, por el tiempo medido como fundamento o por el contrario mejor vivir el tiempo propio al margen de la magnitud. Solo es cuestión de intensidad. Un pequeño tiempo para la medición de lo determinado y un mayor tiempo de percepción de lo indeterminado. Prevalecer esta segunda opción posiblemente nos libere de muchas de las fuerzas reactivas que dominan el yo propio.

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