El concepto de lealtad en relación al yo propio

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La idea de Nietzsche de que la ley y la norma habían muerto a tenor de su pensamiento sobre la muerte de Dios, implicaba una transformación a la hora de establecer principios. Lo que quería trasmitir Nietzsche, bajo mi punto de vista, era que los valores trascendentales jerárquicos mas allá del individuo, como un modo vertical de conocimiento, habían desaparecido estableciéndolos en lo que el llamaba la voluntad de poder. A la trascendencia que imperaba desde el platonismo se erigía la inmanencia, que era un modo de relación horizontal sin jerarquías. Esto no implicaba una igualdad de los individuos, sino más bien la igualdad de los diferentes según el postestructuralismo francés. Por tanto, sin haber trascendencia, la norma y la ley se instauraban en el individuo y su semántica cambiaba en el mismo sentido que la voluntad de poder. La inmanencia cambia como el mismo sentido del vivir. Así, la ley y la norma la funda el individuo para existir y vivir, que al final es el que decide la norma que va a utilizar. La ley recupera el sentido de una jurisprudencia vital, que se renueva en cuanto es útil para cada uno. El concepto de lealtad como yo lo entiendo, se basa en la premisa del yo y lo que es útil en cuanto es valor de ley propia.

La lealtad proviene de la palabra latina lex ley, y por tanto, todo lo que implique el sentido de este concepto viene regido por la norma. Pero en el yo inmanente, el de Fichte, o el del tiempo propio que es el mío, la ley es la que dicto yo porque me es útil para el desarrollo de mi actividad. La lealtad sería las normas por las que me rijo para conseguir un objetivo. Esas normas son las directrices para desarrollar un proyecto, un plan con el objetivo de un fin. La ventaja de que estas normas sean inmanentes y horizontales es que yo soy consciente de que las puedo cambiar en caso de que como valor de uso no sean efectivas ni en el proyecto ni en la planificación del vivir. Esta relajación normativa no implica que yo me pueda agredir a mí mismo con una interpretación laxativa del “todo vale” o que pueda agredir al otro por defender mis intereses. Al contrario, ser leal es interpretar el sentido normativo, es decir, la repetición como diferencia para el establecimiento de una trayectoria vital como una anábasis espiral del tiempo propio, yo mismo. Eso significa que siempre se replantea el sentido de la norma para que no pierda la eficacia por la que se trazó ni que sea agresiva ni para mí ni para el otro.

El concepto de lealtad así planteado tiene dos vertientes basadas en el yo. La primera una lealtad para conmigo mismo y una segunda la lealtad hacia el otro. En la primera interpretación yo soy el legislador, el juez de la ley por la cual me rijo, que es la ley del tiempo interpretado como reciprocidad y correspondencia de los tres estadios o éxtasis del tiempo. Es el modular el tiempo como yo propio. La lealtad conmigo mismo significa que si yo me impongo la norma, que para ser coherente con la actividad que realizo, tengo que respetarla dentro de los tres éxtasis de la espiral del tiempo. Claro que la norma no es una “lex aeterna” que vaya más allá de la vida sino que se replantea por la misma espiral de un tiempo que es pasado-presente-futuro, yo mismo. Ser leal para mí mismo es basar mi trayectoria vital en la ley del tiempo, que implica interpretar esa norma bajo los tres sentidos del tiempo.

Un ejemplo de una ley o una norma es “yo soy”. Todos nosotros en algún momento nos sentimos obligados a definirnos de algún modo. Ese yo soy suele ser un pensamiento propio, el carácter, los valores de uno mismo, la llamada autoestima y en el caso de los filósofos un hábito, una actividad, una expresión del ser, una ilusión o el tiempo propio como esencia. El “yo soy” de la lealtad con el tiempo propio se define dentro de la espiral del tiempo, pero cuando no se comprende de este modo, tiende a ser inmovilista. Se le coloca la muletilla de “yo soy así”, lo que implica que el hábito, la manera de ser, lo valores, etc., en los que se apoya el yo se convierte en una imposibilidad de cambio. la norma del tiempo ya no pertenece al yo propio dentro de esa espiral, sino que se entiende dentro de una “lex aeterna”. El tiempo propio del yo se transforma en la ley eterna del tiempo detenido porque la misma normativa que impone el yo, en su lealtad a la norma, equivale a un tiempo eterno sin cambios. A este concepto del tiempo los griegos lo llamaron Aión. Ese tiempo eterno es el del presente continuo, donde la acción es única, sin fin. La expresión de esta clase de tiempo es el verbo en infinitivo como por ejemplo, ser. El yo soy así se transforma en una acción única, donde el yo se dispersa y se diluye en un presente detenido, soy, por el adverbio, así. La lealtad a la ley condicionada por el adverbio de modo, transforma ese tiempo propio y único en un modo ontológico de comprenderlo como ser, el Aión del presente continuo.

El segundo sentido del concepto de lealtad con respecto al yo aparece en la relación con el otro. Hay que entender que el yo propio es correspondiente a una idea fundamental de un yo propio que entiende esa base como tiempo de un modo inmanente, es decir, como fundamento del mismo yo propio individual. Es como entiende Fichte el yo como actividad de la libertad como fundamento del yo práctico que es el yo individual. Del mismo modo el tiempo solo se puede entender como un yo propio inmanente, fundamental, inherente a todos, como esa especie de igualdad de la diferencia en la voluntad de poder. Entender el tiempo fuera del yo es imposible, pero en cambio el yo propio concibe el tiempo porque intuye, intuyo no en base a la conciencia, si no en base a que yo soy tiempo en cuanto soy pasado-presente-futuro. Esa idea es la fundamentación de la relación del yo propio individual y el yo propio del otro la igualdad o identidad del yo soy=yo soy en la diferencia del yo de cada cual, que es su propio tiempo.

De este modo, la relación con el otro desde la lealtad como norma o ley del tiempo se basa en una proyección del tiempo propio en el otro para comprender su norma. Es el modular del yo si la relación que se establece es una relación inmanente dentro del tiempo propio o es una relación de trascendencia, cuando el otro se rige por las leyes eternas del Aión. El yo soy así no modula el tiempo, y por tanto, las relaciones. Estas relaciones de trascendencia con el otro no serían horizontales sino que son verticales o relaciones de dominio, del que se rige por las leyes eternas del presente continuo y no las del tiempo de la modulación y del tiempo propio.

Un yo que se rige dentro de una relación de dominio, debido a que concibe la ley del tiempo como trascendencia, no es de propio. Debido a esa universalidad de un tiempo basado en el presente continuo, se diluye en el concepto del Uno o de la gente que utilizaban tanto Heidegger como Ortega. La idea de valores o normas de trascendencia al yo, cuando estos se subsumen en una lealtad hacia ellos, diluye al yo propio en ese yo común, que no es el fundamento del yo propio, sino que es un yo a posteriori que domina al yo propio porque no le permite hacer uso de su propio tiempo.

La lealtad entonces del yo propio es para con uno mismo. Yo soy quien dicta las normas, que desde el punto de vista del principio de no agresión dictado por mí mismo, que no hago al otro lo que no quiero que me hagan, entonces, yo soy leal significa que yo como tiempo me rijo con mis propias normas que cambian en el mismo sentido del existir como voluntad de poder, que es voluntad de vida, el querer de mi tiempo.

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