El yo autopotente

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La definición de este concepto subsume a tres conceptos, el yo, la autonomía y lo potente. El yo es el tiempo propio o la reflexión propia de los éxtasis del tiempo como pasado, presente y futuro. La autonomía es la capacidad de interpretar la propia ley y ser dirigido por esa misma norma. Lo potente es llevar en sí mismo la capacidad de cambio o el principio del cambio. El yo autopotente sería aquel yo que interpreta la ley como tiempo propio, que es capaz de usarla para sí mismo y dirigirse por ella, dentro del principio del cambio.

Del yo ya he hablado mucho y algo he mencionado sobre la autonomía pero poco sobre lo potente. Lo potente es un concepto que define Aristóteles como lo que tiene el sentido de movimiento o cambio. El cambio puede estar en sí mismo o en otro, donde la detención también equivale a lo potente, porque algo que está en movimiento y se detiene es cambio. el principio de cambio como lo potente es movimiento y privación tanto en sí mismo como en otro. Ahora bien, Aristóteles no plantea el principio del cambio concretamente en un yo sino en todo ente o ser que tenga la capacidad de cambiar o de moverse. Lo potente es el concepto que permite comprender que las cosas no son completamente estables ni en movimiento continuo, sino que se necesita entender una relación recíproca entre el cambio y la estabilidad o el movimiento y la detención. Es una manera de entender una correspondencia conceptual, que permite aplicarse a las cosas, pero sobre todo a la ley del tiempo, que soy yo mismo. Cuando lo potente se comprende dentro del yo, ese yo es omnipotente, ya que en sí mismo como tiempo tiene la capacidad del principio de cambio. Ello equivale a interpretar el poder como un principio de movimiento y cambio en todo lo que puede ser interpretado por el yo. Ese yo omnipotente no tendría nada que ver con el control omnipotente del objeto del que hablan los freudianos o de la omnipotencia teológica de Dios. Es el ser consciente de que interpretando el tiempo como principio de cambio y de movimiento en sí mismo, la vida del yo, mi yo, se reconvierte en una hermenéutica temporal del cual yo soy la potencia activa.

Con respecto a la autonomía, es un concepto kantiano que surge en la Crítica a la razón práctica como la capacidad de determinarse a una ley propia, que es la de la razón. Es una autonomía de la razón pura, que equivale a la de la liberad, donde cada ser racional se puede considerar un legislador universal. En el mismo sentido Fichte explica que la autonomía equivale a la Ipseidad absoluta que es la libertad como capacidad de comenzar absolutamente. La idea de vincular la autonomía con la libertad plena es universal, pero dentro de un individuo es su ser racional. El problema es que la razón tiene sus reglas escritas de un modo más bien vertical y trascendente en el pensamiento de Kant. Lo que equivale a decir, que hay que seguir unas reglas morales para ser autónomo y libre. En el pensamiento de Fichte la autonomía como libertad absoluta es una inmanencia pura y horizontal, lo que equivale a decir, que la libertad se expresa en el comienzo de cada actividad, cuyo exponente es el yo individual o práctico. La libertad es la expresión de la síntesis de la producción del yo del sujeto/objeto de lo real e ideal en Fichte, pero sobre todo que el yo puede producirse a sí mismo a través de una ley propia.

Entonces el yo autopotente se comprende como tiempo de ley propia que permite la libertad para producir cualquier sujeto/objeto. La norma universal desaparece con la autopotencia del yo porque es el mismo principio del cambio y del movimiento, que incluye la detención. El yo autopotente no es otro. Esta afirmación tiene el sentido de que lo verdaderamente importante para el yo es la libertad de la producción con la ley propia del tiempo que es uno mismo, yo tiempeo, que no temporalizo. Pero este concepto ¿sirve para algo? ¿Es práctico?

En principio e en la exteriori¿Qué es importante? Desde este punto de vista general, nada es importante en la exterioridad para el yo propio, equivale a decir que una ética reglada, universalista, un modelo de acción, ideales, materialidades, relaciones, carecen de sentido en un yo que tiempea o es tiempo. Toda la exterioridad como lo otro no tiene un significado de jerarquía, de escala o de grado ya que el yo que es tiempo propio es la propia ley, sin jerarquía ni grado dentro de la horizontalidad propia que le otorga la inmanencia. En la inmanencia nada es importante porque todo es importante en el sentido de que no existe el grado ni la escala, ya que solo hay cambio. Para que exista una escala un nivel debe de existir una estabilidad jerárquica, pero en el cambio, esa jerarquía es tan provisional que solo usa el papel de directriz del principio del cambio mientras cambia ella misma.

No hay estatus, ni hay patria, ni dios ni estado ni propiedad ni familia ni materia ni forma y a la vez lo hay todo dentro de la inmanencia del yo propio. Es el mismo yo el que establece lo que es importante para él, para mí. Importancia horizontal, densificaciones activas que le permiten establecer esa autonomía, la libertad de producir con la propia ley del tiempo propio.

El yo autopotente no se rige por la exterioridad trascendente o lo que hay fuera como normas que dirigen los proyectos de cada yo individual. Es el hombre completamente horizontal que comprende que la estructura del tiempo es el yo mismo. Es un ultrahombre que el punto de vista no es el valor en sí mismo que hay que trasmutar sino que la trasmutación como sí mismo es la ley que rige su autopotencia. El yo autopotente comienza cuando comprende que el tiempo solo lleva 15 generaciones apareciendo. Lo otro que se llama tiempo, el tiempo medido, el de la norma el tiempo monacal es la locura y la alienación del yo, oculto por la presión de la exterioridad de la normativa universal de lo que es otro.

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