La transferencia como determinación del yo propio

Explica Fichte en Para una filosofía de la intersubjetividad que la transferencia del pensamiento se encuentra en el concepto de persona. Hay que adjudicar a una persona fuera de mí que admita las mismas características que yo admito de ella. Así, si yo me comprendo como un cuerpo articulado en uno por un órgano superior, la conciencia y otro material inferior el cuerpo, esa persona que me reconoce piense de la misma manera. Existe una correspondencia de maneras de concebirse a sí mismo en cuanto se piensa de uno y del otro como conceptos comunes. Si yo tengo una autoconciencia y un cuerpo articulado supongo que la otra persona que se relaciona conmigo admite este mismo presupuesto que yo admito en ella. Incluso afirma Fichte que yo no alcanzo la autoconciencia si no es por la influencia de un ser racional fuera de mí que recaiga sobre mí. Esta influencia es la que limita a una autoconciencia o por lo menos es el punto donde comienza la autoconciencia del yo, aunque para ello surja correlativamente una idea de determinación del yo con respecto al otro. Esto aparece por el concepto de transferencia.

Fichte plantea el problema de la transferencia desde un yo ya establecido como persona que reconoce y es reconocida de un modo recíproco. Para una relación intersubjetiva la transferencia es necesaria para que el yo reconozca a otro yo como conciencia que se concibe a sí misma como pensante. El problema es que ese mecanismo se establece a partir de que el yo ya es reconocido por otro yo, como dice Fichte en el teorema V de la Filosofía para la intersubjetividad. Pero ¿cómo se establece antes de que el yo aparezca?

El pre-yo es una pura tendencia sin determinar aunque él mismo conlleva la limitación y la capacidad de determinación. En sí mismo el bebe es pura tendencia, puro vínculo afectivo, como si todos los bebés que existen fueran un impulso o una tendencia única. Ese impulso como pre-yo choca con un objeto, la madre, que es quien va a determinar a esa tendencia pura, que es el pre-yo, para que se autodetermine. En eso consiste la transferencia, en considerar al bebé como un yo determinado que responde a los estímulos al igual que el mismo yo que se los proporciona. En primer lugar, la transferencia se realiza con el significante del nombre propio, donde el pre-yo reconoce el significado. En segundo lugar, el pre-yo cuando reconoce el significado reconoce la forma y esa forma es el cuerpo. El pre-yo deja de serlo cuando siente como propias sus necesidades y transfiere el concepto de cuerpo de los objetos hacia sí y los identifica con nombres propios. La limitación de la forma en el cuerpo de los padres, su significado y la respuesta a los significantes confiere una determinación del yo y al yo a partir del pre-yo como tendencia que es limitada y se autolimita y determina por el nombre propio y la comprensión de la forma del cuerpo a través de la transferencia.

La pregunta es sí el pre-yo está condicionado a limitarse y autodeterminarse como un yo. ¿Es un instinto que aparece como una adaptación filogenética o es un hábito debido a una sucesión y memoria como explica Hume? Si es una memoria como un hábito sería la idea misma de Hume, que explica que el yo solo es una memoria pasiva, una costumbre que responde a un nombre propio y que en realidad solo existiría ese vínculo afectivo en esta exposición. Kant en cambio explica que es un compendio de síntesis pasivas y activas donde los instintos son innatos y las síntesis pasivas son las contemplaciones de la sensibilidad y la experiencia. Para Fichte, ese yo es la comprensión por parte de una intuición intelectual de su actividad y yendo mas lejos de una actividad fundamental pura. El caso es que hay que volver a la etología para comprobar si en las adaptaciones filogenéticas de ese vínculo afectivo existe la posibilidad de determinarse o conceptualizarse como un yo.

Explica Eibl-Eibensfeldt en su Biología del comportamiento humano que las adaptaciones filogenéticas son las que guían nuestro pensamiento y a nuestra percepción para formar una categorización de conceptos. En el estudio de la metáfora en diferentes pueblos observó como la metáfora expresa semejanza, debido a las asociaciones individuales perspectivas que se enuncian con respecto a un sentimiento. Conceptos como caliente se emplean para la expresión de sentimientos emocionales. Estos conceptos se deben a la capacidad adaptativa filogenética de los individuos dice Eibl-Eibensfeldt. Por ejemplo, el concepto de “recto” dice que se funda en una actitud que se percibe innata de lo inflexible. Ello se basa en una esquematización dinámica a interpretar lo percibido de un modo fisiognómico incluso la simbolización que aparece con la metáfora. Esta capacidad de conceptualizar es general en los individuos de la especie humana de un modo universal. Los conceptos se producen por una manifestación háptico-óptica, es decir, a partir de una percepción de todo lo que es adyacente al propio cuerpo y por sus sentidos, explica Konrad Lorenz. Los hechos no son “prensibles” (im-comprendidos), si estos no se nos “presentan” (re-presentación) y los a-prehendemos explica Konrad Lorenz para enfatizar la relación háptica de la percepción con el concepto.

La transferencia entonces es conceptualizar la presencia a partir del otro o de la percepción que se tiene del otro. Surge cuando el pre-yo se transforma en yo a partir de los dos o tres años, en el momento que se comprende como cuerpo independiente, con sus propias necesidades fisiológicas. Es el concepto de cuerpo/yo individualizado, diferente a los padres, dividido, que se mueve en un entorno espacial propio, y que responde a un nombre propio. La transferencia es comparación del yo con el otro, en primer caso los padres y posteriormente con lo social. De ahí la permanente querencia del ser humano de querer imitar al padre o a su entorno social, ahora en exceso competitivo.

 Si a partir de la transferencia se realiza el conceptualizar, ese conceptualizar surge de lo que se comprende como cuerpo, que es el primer concepto que se comprende en relación al yo. Esta idea la presenta Fichte en relación al espacio/materia del objeto que se conceptualiza porque pienso lo que soy como cuerpo. Ese conceptualizar es el concepto definido de ubicación lleno de materia por mí mismo comos sujeto/yo propio. A partir de ahí el concepto como lo pensado y definido por mí limitado y lleno de materia, interpretado subjetivamente y producido por mí es lo que se entiende como concepto creado por la subjetividad yoica.  En realidad, dice Fichte que conceptualizar es existir, producir conceptos, que es la actividad productiva del yo. Si el yo es el propio tiempo, construir conceptos es la labor del tiempo propio, lo que significa no una simple representación pasiva de una presencia sino la labor activa del yo en el tiempo de la construcción del concepto y la comprensión del significado. Se trata de construir e interpretar los conceptos de mi existencia.

La transferencia tanto proyectiva como introyectiva permite percibir el tiempo propio en relación al otro yo como metabolismo del cuerpo. El metabolismo es el cambio del yo/cuerpo, que es tiempo y en la comparación transferencial se percibe el tiempo. No es el hecho medido del tiempo por lo que nos damos cuenta del paso del mismo sino por esa relación transferencial de doble camino en el otro y en nosotros mismos. Cuando el pre-yo realiza las primeras relaciones transferenciales comparativas, se graba en la memoria la imagen del cuerpo del otro. Gracias a ello, puede percibir el cambio que es tiempo en cuanto comprende que ese cambio es el metabolismo asociado al yo/cuerpo mío y del otro en el ahora en el antes y en el después.

Ello permite la comparativa a partir de la memoria transferencial para relacionarnos con los otros yo con su tiempo y en el nuestro. La idea sería comprender el porqué de la acción de la memoria, el porqué actuamos así, cómo se hizo algo o qué podríamos hacer si pensamos el tiempo como transferencia proyectiva/introyectiva. El tiempo así comprendido sería primero el del yo propio y luego la proyección en el otro yo en cualquiera de los estadios que ocupan el tránsito o el metabolismo entendido como cambio.

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