La sensación afectiva como función e impulso limitador del yo

Hace poco decía que el impulso afectivo se convertía en una representación, un hecho de conciencia si es una inmanencia, gracias a la sensación.  Una sensación estética es una tendencia como percepción externa o interna de la cosa o de la conciencia rodeada de afectividad. Con ello quería decir que la sensación tiene dos vías, y por tanto, es correlativa, lo que significa que puede ser entendida desde un punto de vista inmanente donde el hecho de conciencia pertenece a un concepto o a una función de relación, o desde el punto de vista puramente objetual, donde la representación emana del objeto y se conoce a través de esa sensación.

El problema de la sensación es la semántica variada en definir su concepto desde tiempos de Hume debido a las diferentes modos de conocimiento, sea trascendental o de inmanencia. Si para él las sensaciones del ser sensible eran el modo ontológico de describir lo que existe, hoy en día hablar de sensaciones se elude en beneficio del concepto de percepción. Este concepto quizá toma en mayor medida la idea de una interioridad, que define las cualidades a través de la forma y no tanto la idea de una sensación que por sí misma es real. En cualquier caso, la sensación dentro de una exposición inmanente de lo que existe, se refiere a un todo de relación, y por tanto, su concepto es sinónimo de sentimiento, percepción, emoción, afección, afecto, etc, donde en realidad lo que prevalece es la función, aquel yomedoycuentaquemegustaeseobjeto. Pero ¿cuál es la función de la sensación como concepto? Es la función de limitar o delimitar el infinito, aquel trozo de espacio y materia que por medio del Yo/yo es interpretado, en este caso en relación a lo estético.

La sensación procede del impulso afectivo, pero además continúa siendo afectiva, y por tanto, siempre tiende correlativamente a una fusión o a definirse ella misma por afectividad. Ello implica que la sensación es lo mismo que afecto, afección, emoción o sentimiento. Si bien esta idea es inmanente a nuestra filosofía, desde el punto de vista de la exterioridad, los estudios de Lorenz, demostrativos para la trascendencia, enseñan una tendencia a la correlación de carácter innato a partir de la primera sensación con cualquier objeto afectivo, incluso los objetos inertes. Sus estudios sobre patos y gansos enseñaron que estos pueden vincularse fuertemente a un objeto inanimado, y por tanto, se mostraba que la sensación innata podía tener una emoción afectiva hacia algo inerte como un peluche. Una conclusión sería que la sensación en la exterioridad o en una epistemología positivista, donde la emoción es de carácter intangible o abstracto, podía representarse y manifestarse en ese vínculo afectivo de apego hacia lo inerte. También Eibl-Eibesfeldt explicaba que los conceptos proceden de los sentimientos que son sensaciones háptico-ópticas interpretados por cada individuo. Desde este punto de vista, la sensación es algo más que la percepción de la forma. Es una amalgama de conceptos vinculados y fusionados en uno solo, incluso para el pensamiento de la exterioridad de un objeto material.

La sensación es lo que limita y determina al infinito como lo indeterminado absoluto. No se puede explicar lo que es el infinito salvo por su contrario que es la determinación como límite y sensación del infinito. Este es una capacidad o una posibilidad de determinarse y trasformarse en sensación que limita un espacio y contiene una materia dentro de un hecho de conciencia espontáneamente. La sensación es un hecho que limita al infinito en espacio y materia, conceptualizando su significado en un espacio de materia topológica de conciencia, donde se fusionan todos los elementos sinónimos que dan forma a ella, dentro de una función. La función relaciona todas estas partes y las fusiona en las líneas de forma, cuyo significado último es interpretativo por el tiempo, el yo propio. Por la sensación, gracias a su espontaneidad, chocamos en cada momento con el infinito, ya que la interpretación propia es posicional, lo que equivale a limitar un espacio/materia en una propia perspectiva de significado. Un significado convencional de la forma proporciona un tiempo universal, pero el significado propio de la forma, a través de la función de relación interpretativa, necesita un punto de referencia para limitar lo determinable del infinito y transformarlo en lo limitado determinado de la sensación como hecho de conciencia. El yo que crea la sensación, que la siente, le afecta y le emociona en el límite con el infinito.

El infinito es como el famoso diagrama de Bacon del lienzo en blanco pero ilimitado, que desde un punto de vista de fuera del yo, contiene en sí mismo las posibilidades de toda sensación, aunque es indeterminado. Yo toco al infinito a través de la sensación y la sensación da lugar a la forma del concepto y su función, que en realidad son trazos de un infinito con materia y espacio de una realidad activa y espontánea, una negatividad por ser objeto y una existencia por ser concepto e interpretada por una función. La espontaneidad del infinito supone que las sensaciones, los afectos, los conceptos y las funciones en el infinito delimitado son en sí mismas infinitas y espontáneas, por la doble espontaneidad, la que supone que es inmanente al infinito y la que aparece en el yo interpretativo en relación a su tarea limitadora.

La idea de la creación en sí misma es espontánea tanto para una inmanencia como para una trascendencia o lo que es lo mismo para una filosofía de interioridad conceptual o para una filosofía de representación de la exterioridad. En una filosofía de representación de objetos como causa, la idea de creación supone que estos han aparecido espontáneamente. Los objetos o las cosas o son creados por la máxima trascendencia, que es dios, o son creados por ellos mismos de la nada, como explican los científicos a través de las radiaciones de partículas de los agujeros negros. Para la filosofía de la trascendencia las cosas que son creadas sean por dios o por sí mismas, son creadas a partir de la nada, una nada indeterminada e infinita de un modo espontáneo, el infinito espontáneo. El concepto que parte el origen causal de la exterioridad trascendente en la representación es el infinito espontáneo. En una filosofía inmanente, la idea de un infinito espontáneo empieza en Fichte con su idea de lo absoluto como actividad libre pura, que parte de la proposición de Kant sobre el sentido interno como actividad espontánea y de una posible intuición intelectual. La idea base y común donde confluyen tanto la inmanencia como la trascendencia en la representación es la espontaneidad.

La espontaneidad, que es lo que se produce por sí mismo, se expresa en el choque con el infinito desde la exterioridad como trascendente o en la interioridad de la inmanencia donde la función limita a través de la sensación dentro de ese todo de relación. La función tiene la misma misión en las dos maneras de conocimiento de la sensación. Mientras que la función en la trascendencia es un aprender o un recoger datos sensibles para dar lugar a un concepto definido la función inmanente es la relación de dos conceptos que son interpretados por el yo propio, donde estos conceptos ya han sido formados por un yo/sensación. La función sería conocer la sensación e interpretarla a través de ese yo propio y poder relacionarla con un todo. La diferencia es que la función en la trascendencia forma conceptos a partir de una causa externa, mientras que la función en la inmanencia interpreta la sensación espontánea y limitadora del mismo yo cuando aparece en el concepto. La pregunta sería ¿hay confluencia en estas dos maneras de conocer, y por tanto, de ambos modos de función? ¿Qué significaría esta confluencia y cómo se expresaría? Pues para un próximo post.

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