El diseño topológico-conceptual.

 

El origen de la palabra diseño procede de disegnare que significa roturar un campo o una ciudad. Las ciudades antiguas eran roturadas y marcadas para señalar su límite. Se limitaban. Por otra parte, la palabra concepto equivale a término. El término o terminum latino, que ahora es la definición de una palabra, eran los hitos que se colocaban en los terrenos para delimitar una propiedad. La propiedad para los griegos era la sustancia o la esencia de una cosa, que era tanto su aspecto como lo que significaba como esencia. Por tanto, el diseño y el concepto son palabras cuyo significado es unívoco y se refieren a la propiedad y esencia de una cosa.

Nos hemos acostumbrado a ver las cosas ya marcadas o diseñadas bajo su concepto o significado. Cuando vemos o percibimos por medio de nuestros sentidos, recibimos sensaciones de límites y contornos, que se forman en nuestra mente y comprendemos su sentido a través de ese campo visual delimitado por la forma de la cosa. Todo el conocimiento que existe parece un campo roturado de cosas llenas de significado con una forma, con ligeras variantes, pero dentro de unos límites casi inmóviles.

El conceptualismo incorporó al arte un sentido equívoco abstracto a las cosas que vemos.  Si un objeto contiene un significado formal, se le podía otorgar otro significado dentro del campo de las ideas, que manteniendo la forma nos sugiriese otro contenido, otro límite u otra propiedad en su esencia. Esto es lo que sucedió con la primera obra conceptual que elaboró Duchamp con su urinario que llamó Fuente. El término no coincide con el significado formal de la obra, pero le da una nueva connotación conceptual que va más allá del aspecto de la cosa. El concepto es mucho mas que un término solamente delimitado en su sentido, estableciendo líneas de fuga abstractas, conexiones, vecindades, contigüidades que se mueven más allá del espacio geométrico y ocupan un nuevo espacio topológico de significado.

El concepto no solamente ocupa un espacio geométrico, el de la representación, sino un espacio topológico que varía con su significado o con lo que interpretamos. Nuestra percepción se ha acostumbrado culturalmente a percibir y esquematizar en nuestra mente figuras geométricas, que se van acumulando y que cada cosa que vemos la entendemos bajo el significado de esa representación. Una fuente es una fuente y un urinario es un urinario. El conceptualismo trascendió del espacio geométrico al espacio de significados, y con ello al espacio topológico, con lo cual las cosas no solamente eran formas geométricas sino significados con propiedades topológicas. Ello implicaba que la cosa no fuera un límite fijo o un entorno delimitado por su aspecto formal, sino que podía ser interpretado bajo una perspectiva conceptual de contigüidad y vecindad. Esto quiere decir que el significado es lo que estructura el espacio por topología y no un esquema de forma y memoria predeterminado de un límite geométrico. Este significado es interpretativo del diseñador, sea una persona corriente o un profesional. A través de un espacio topológico, una forma que significa o tiene una definición concreta puede ser transformada en otra por un significado distinto siendo homeomorfa, es decir, que tenga la misma forma topológica pero con distinto significado. La estructura delimitada sería maleable, se moldearía a voluntad en un espacio de percepción interpretativo del diseñador, sea persona corriente o profesional.

El problema es que la mayoría de las personas y muchos profesionales comprenden la relación con la cosa desde el aspecto formal o geométrico. El significante, que es la materia del significado, ha perdido su visión a favor del aspecto de superficie. El trazo es un marco, un recorte en el espacio, pero no la comprensión de la esencia o el modo en que se forma. La visión no es una escisión de un área determinada del espacio sino que es una estructuración matemática de curvas, puntos, superficies y cuerpos de una expresión con sentido interpretativo que se forma en cada instante. Lo que se percibe se estructura en cada momento, no a partir de un recuerdo o de ese esquema del que hablábamos, se estructura topológicamente como una estructura matemática conceptualizada e interpretada por cada yo mismo. Eso es el tiempo.

Cuando un diseñador topológico observa un árbol, primeramente y por la fuerza de la costumbre, ve un recorte en la geometría del espacio. Posteriormente ese árbol lo contextualiza en su entendimiento, añadiéndole las raíces, las hojas moviéndose, la savia corriendo por sus nervaduras. A partir de aquí, el diseñador topológico realiza un ejercicio de homeomorfismo, donde el árbol ofrece una topología a través de las propiedades de contigüidad, conectividad, conveniencia, estirándose, alargándose como aquella taza que se convierte en donut, ejemplo clásico de los espacios topológicos. Ese árbol se trasforma en un hombre y sus nervaduras en venas, la savia en sangre, la madera en carne. El concepto árbol ha pasado a estar delimitado en un nuevo espacio topológico de significado en la homeoforma hombre. Y todo esto ocurre desde que el concepto aparece como una estructura matemática con sentido, el pliegue parmenídeo de pensamiento, visión, lenguaje densificados por el yo propio del tiempo, en un instante, sin esquemas o nada que se le parezca, que al principio son recortes cartográficos o mapeados matemáticos vacíos de pleno significado. Es aquel pliegue que parecía algo mágico, porque lo que surgía a los ojos de aquellos griegos se conformaba en un instante como una aparición. Lo que se comprendía por medio del ver al pensarse se plegaba en la palabra y se visionaba, se percibía como algo que se había creado en ese instante. Este proceso se repite una y otra vez en cada acto de visión y así se comprende dentro de un diseño topológico donde el centro es el yo del diseñador que lo crea.

Debajo de los espacios topológicos de significación quedan las estructuras matemáticas intuidas por el yo, como  la perpendicularidad que se desarrolla como función del tiempo, a través de otras estructuras matemáticas como el punto, la curva, la superficie, los espacios geométricos, riemannianos o los fractales que proceden de las primeras síntesis, que se van llenando de significados a través del tiempo. Ese tiempo que es la variable de la función del yo, que va determinando, significando su entorno topológico, que ya no se llama espacio ni tiempo sino el nombre propio del que desarrolla la curva, la superficie, el diseño que pertenece a cada yo propio de cada diseñador con lo que diseña. De ese modo, todos somos diseñadores de nuestro propio proyecto.

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